En este bosque lluvioso donde vivimos es un milagro que salga el sol en el otoño. Hay que disfrutarlo cuando sale, porque no sabemos cuantas semanas de lluvia transcurran sin cesar. Y fue en uno de esos preciados días de sol en el que me encontre levantando y acomodando legos de mil figuras diferentes, pequeños juguetes, juguetes con los que B no juega mas, sudando la gota gorda para organizar todo aquello. Buscando cajas, organizando por categorías. Obviamente al mismo tiempo gritándole a B que dejara de agarrar esto o aquello, o que ya soltara el ipad, en fin. De repente me sentí abrumada con la idea de que ese día era un microcosmos de mi vida diaria: “¡Corre! ¡Vamos Tarde! ¡No puedo jugar ahora! Puedes jugar con el ipad mientras yo termino esto o aquello”. Mi familia en la misma casa, pero no juntos, existiendo, pero no viviendo.

Me considero una mamá bastante comprometida, pero ese día, haciendo un análisis de lo que significaba tener tanto que acomodar y no poder salir por tener que hacerlo, pensé que B podría ser mas feliz con mucho menos. Me enfrenté a la realidad:  a pesar de mis esfuerzos, he fallado en enfocarme en lo importante, en las cosas que no cuestan nada. Encontré la raíz del problema en mi misma, en el hecho de que yo no pude disfrutar de muchas cosas cuando estaba chica, en que la mayoría de las veces la respuesta era “NO”. Entonces he querido compensar ahora. Quizá a simple vista el problema parezca muy obvio, pero la realidad es que muy poca gente VIVE verdaderamente, osea que todos tenemos problemas muy obvios que resolver, que afrontar. Pero no todos escogen hacerlo. Desde ese día he hecho las cosas de manera muy distinta, escojo tratar de hacerlo, pero no una vez, como propósito de año nuevo, lo estoy escogiendo cada día. Los actos de cada día se acumulan para crear nuestra realidad.

Este fin de semana largo, tome el tren con B. El iba feliz viendo el mundo por la ventana, pero yo lo iba abrazando, oliendo su cabecita que aún tiene ese olor de niño chiquito, el niño chiquito que un día va a crecer y no va querer montarse al tren conmigo. O al menos no tan maravillado.

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Al día siguiente fuimos a caminar a una de las varias montañas que rodean esta ciudad de mar. Se sugería un trayecto de media hora de ida hasta un lago, y luego media hora de regreso. Con B deteniéndose a ver cada catarina, cada lombriz o cualquier cosa que se moviera, al final nos tomo 2 horas de ida y una de regreso. Y se siente tan bien cerrar la boca y dejar que ellos disfruten el mundo, que se mojen, que se ensucien, que se tomen su tiempo.walkNo gastamos nada mas que gasolina. Este tiempo bendito con nuestro hijo, en la naturaleza viva que también nos hace infinita falta fue absolutamente gratis. Solo se requiere querer vivir, regresar a lo natural, a lo vivo. Dejar de preocuparse por cosas que no te dan balance. Inténtalo, seguro hay algun lugar vivo cerca de tu ciudad. Vas a regresar cansado, a tomar un baño y a ver la vida de otro color.

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